Su versatilidad como experimentador y hombre habilidoso en diferentes terrenos era sorprendente. En su madriguera o estudio, había pilas enormes compuestas por capas estratificadas con muestras de diez o doce entretenimientos creativos: acuarelas, esculturas, fotografías, vidrieras, grecas, linternas gráficas e iluminaciones medievales. He heredado, o acaso he imitado, su hábito de dibujar, pero en todos los otros aspectos soy decididamente un patoso. Se decía que en su juventud había estudiado arte para ser un profesional, pero obviamente el negocio familiar era más seguro, y su vida siguió un camino de cierta prudencia satisfecha y desprendida, extraordinariamente típica de él, de su familia y de su generación. Jamás se le ocurrió sacar provecho económico de su talento para las artes plásticas ni utilizarlo para nada que no fuese su propio placer y el nuestro. A nosotros, él nos parecía, por supuesto, el Hombre de la llave dorada, un mago que abría las verjas de los castillos de los duendes y los sepulcros de los héroes muertos, con lo que no era incongruente llamar linterna mágica a su linterna. Sin embargo, durante todos aquellos años, el mundo, e incluso los vecinos de al lado, le tenían por un hombre de negocios digno de confianza y capaz, pero desprovisto de ambición. Fue una magnífica primera lección en lo que también es la última lección de la vida: en todo lo importante, el interior es mucho mayor que el exterior. En resumen, me alegro de que nunca fuese un artista. Ello podría haberle impedido ser un amateur. Podría haber estropeado su carrera, su carrera personal. Nunca habría conseguido un vulgar éxito en las miles de cosas que con tanto éxito hacía.
“Su versatilidad como experimentador y hombre habilidoso en diferentes terrenos era sorprendente. En su madriguera o estudio, había pilas enormes compuestas por capas estratificadas con muestras de diez o doce entretenimientos creativos: acuarelas, esculturas, fotografías, vidrieras, grecas, linternas gráficas e iluminaciones medievales. He heredado, o acaso he imitado, su hábito de dibujar, pero en todos los otros aspectos soy decididamente un patoso. Se decía que en su juventud había estudiado arte para ser un profesional, pero obviamente el negocio familiar era más seguro, y su vida siguió un camino de cierta prudencia satisfecha y desprendida, extraordinariamente típica de él, de su familia y de su generación. Jamás se le ocurrió sacar provecho económico de su talento para las artes plásticas ni utilizarlo para nada que no fuese su propio placer y el nuestro. A nosotros, él nos parecía, por supuesto, el Hombre de la llave dorada, un mago que abría las verjas de los castillos de los duendes y los sepulcros de los héroes muertos, con lo que no era incongruente llamar linterna mágica a su linterna. Sin embargo, durante todos aquellos años, el mundo, e incluso los vecinos de al lado, le tenían por un hombre de negocios digno de confianza y capaz, pero desprovisto de ambición. Fue una magnífica primera lección en lo que también es la última lección de la vida: en todo lo importante, el interior es mucho mayor que el exterior. En resumen, me alegro de que nunca fuese un artista. Ello podría haberle impedido ser un amateur. Podría haber estropeado su carrera, su carrera personal. Nunca habría conseguido un vulgar éxito en las miles de cosas que con tanto éxito hacía.”